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Lía, un esquivo retrato

OSCAR TAFFETANI

En el museo “Casa de Yrurtia” de la Capital Federal se guardan importantes piezas y testimonios de la labor creativa de Rogelio Yrurtia, uno de los fundadores de la escultura argentina. Bocetos, planos y maquetas; óleos y piezas de yeso, mármol o bronce fundido dan cuenta de cinco décadas de trabajo en París y Buenos Aires, décadas que dejaron al patrimonio nacional, entre otros tesoros, el Monumento a Dorrego, el Triunfo del Trabajo y ese desmesurado mausoleo que custodia las cenizas de Rivadavia, en Plaza Once.

Allí, en el Museo Yrurtia, por los entresijos de una abigarrada muestra de arte estatuario, asomando tímidas tras la gigantesca cabeza de un Moisés o a la sombra de una imponente alegoría de la Libertad, están las obras de Lía.

Boceto para un desnudo (Col. Museo Yrurtia)

Dibujos y esquisses, estudios de perfección renacentista sobre la figura humana, retratos que hablan de sólo mirarlos, naturalezas muertas vívidas de color y entusiasmo. Así era el arte de Lía Correa Morales, la mujer que acompañó al escultor Rogelio Yrurtia la última mitad de su vida.  Obtener datos biográficos de “la señora de Yrurtia” (una artista argentina contemporánea, valga la acotación) es casi tan difícil como reconstruir una vida del siglo XVII o XVIII. Datos sueltos, algún testimonio oral y apenas los sutiles mensajes de su obra, dispersa en museos y colecciones particulares. Por los libros dedicados a su padre, el maestro de escultores Lucio Correa Morales, sabemos que Lía fue una de las seis hijas de la pareja que éste formó con la científica y educadora Elina González Acha, una progress del Novecientos (así se llamaba a las mujeres de avanzada, usando un término acuñado para denominar a las sufragistas y librepensadoras inglesas).

La semblanza que Cristina, una de las hermanas de Lía, hizo del Tata Correa Morales al cumplirse un cuarto de siglo de su muerte, alcanza para imaginar lo que habrá sido el ambiente familiar en aquella casa porteña de fin de siglo: jornadas que comenzaban muy temprano en el taller, que continuaban por la tarde en las aulas de algún colegio y padres afectuosos, que aplicaban la misma creatividad y empeño a sus labores remuneradas que al arte –nada menor– de atender a los niños, preparar la comida y agasajar a los amigos o huéspedes ocasionales.  Entre los primos del Tata que más de una vez animaban la sobremesa se contaban el perito Pancho Moreno y el naturalista Eduardo Holmberg, compañeros de aventuras y expediciones a los territorios. Entre las mujeres que compartían largas tardes de té y scons con Elina se contaban Cecilia Grierson –primera médica argentina– y Rosario Vera Peñaloza, maestra de las primeras maestras que tuvo el país.

Zapallos (Col. Museo Yrurtia)

Los niños de la casa –un tropel que incluía a Lía y sus cinco hnas, al pequeño Lucio Abel y a dos primos que eran huérfanos–, si bien con las restricciones de la cultura de época, respiraban una atmósfera de estímulo y exigencia intelectual. No es raro por eso enterarse de que cada uno hablaba, por lo menos, un segundo idioma y que sabía tocar un instrumento musical.

Las dotes de Lía para la expresión plástica quedaron de manifiesto en 1912, cuando con sólo diecinueve años de edad consiguió enviar obras al Salón Nacional, ámbito excluyentemente masculino. Casada por poder con el farmacéutico Espinosa Viale, para esa misma época su carrera artística sufrió la primera impasse, al tener la pintora que acompañar a su marido hasta Puerto Deseado, el lugar donde éste decidió fijar residencia.

Retrato (Col. Museo Yrurtia)

Poco se sabe de aquellos años patagónicos de Lía, aunque por el momento y el lugar se descuenta que fueron duros. La súbita muerte de Espinosa Viale, la liquidación de la farmacia y el retorno a Buenos Aires consiguieron acercarla nuevamente a las telas, los pinceles y la casa paterna. El primer premio en el Salón Nacional de 1924 –poco después del fallecimiento del Tata– terminó de decidir el viaje a Europa (asignatura obligatoiria de varias generaciones argentinas).

Lía vivió sola en París hasta 1930 y probablemente haya tenido oportunidad de visitar allí el atelier de Rogelio Yrurtia, un exitoso alumno de Lucio Correa Morales que la había conocido de niña en Buenos Aires. La participación en tres importantes salones parisienses, los premios recibidos y su ingreso a la exigente Societé Nationale des Beaux Arts, en 1928, hablan del talento de Lía Correa Morales, una enjundiosa artista que en 1928 volvió a obtener el gran premio del Salón Nacional argentino.

En 1935, tras larga agonía murió Gertrita, primera esposa de Yrurtia, en la mansión de estilo español que el escultor había mandado a construir en el barrio de Belgrano. Al año siguiente, Rogelio Yrurtia (57) y Lía Correa Morales (43) contrajeron matrimonio. Puesto que ambos eran viudos, la ceremonia se celebró a puertas cerradas en la conocida iglesia “redonda” del barrio de Belgrano.  Lo que sigue ya es historia oficial y conocida: la pareja vivió intensos años de amor y creación en la casona de O’Higgins y Blanco Encalada, prácticamente hasta la muerte de Yrurtia en 1950. Los vaivenes políticos y la inestabilidad de las distintas comisiones de homenaje (entes formados para erigir monumentos y repatriar restos) suscitaron incontables litigios y controversias, tanto por las obras que se proyectaban y no se realizaban como por las que se realizaban y no podían pagarse.

Al sueño de Yrurtia, nunca cumplido, de erigir un imponente Arco de Triunfo y un grupo escultórico para homenajear a la Revolución de Mayo (asignatura pendiente que todavía tiene esta Buenos Aires del Bicentenario), le siguieron los avatares del Monumento a Rivadavia, obra que suscitó un juicio del autor al Estado por reiterados incumplimientos.

Lía, “la esposa del escultor” alternaba la atención de la casa y los retratos a pedido de familias de la ciudad con las clases de Dibujo en la Escuela Normal y la Academia de Bellas Artes. Amante del ballet y ávida de capturar su gracia y sus movimientos en una tela, solía asistir a los ensayos del teatro Colón para tomar apuntes con lápiz y papel.

Retrato del "Colorado" (Col. Museo Yrurtia)

Sus últimos retratos, pintados a fines de los ’40, emplearon como modelos a niños de la familia o bien a chicos que Lía descubría en sus caminatas por Belgrano (conocido es el caso de “Churrinche”, un pelirrojo que por años visitó ritualmente la Casa de Yrurtia para contemplarse en su propio rostro, capturado en la niñez).

“Recuerdo que ella tenía –cuenta Nora Castex, hija de una prima de Lía– el cabello castaño oscuro. Lo tensaba hacia atrás con un lindo rodete. Sus ojos, también oscuros, siempre miraban de frente, era ojos de artista, escrutadores. Lía fue siempre un ejemplo de vida. En 1978 comencé a firmar mis acuarelas “Castex Correa Morales”, sólo como homenaje a ella.”

En las últimas tres décadas de su vida –y particularmente después de la muerte de Yrurtia, en 1950– Lía Correa Morales no pintó. Se dedicó a cuidar la casa-museo (inestimable donación que la pareja hizo en vida a nuestro patrimonio cultural) y a dictar sus clases de Dibujo.

Lía posando junto a un retrato, en una de las pocas fotografías que se conservan.

No hay libros sobre su vida. No hay imágenes ni relatos. Dos o tres fotos de álbum, algunos sencillos catálogos de las muestras en Santa Fe y Buenos Aires y recortes de diario. No se ha elaborado tampoco un catálogo completo de la obra –solamente el Museo Yrurtia contabiliza 39 dibujos, 54 pinturas y siete monocopias– y la última exposición es la que organizó el MNBA en 1977, a dos años de su muerte.

“La mujer del escultor”, esta exquisita pintora argentina, eligió para su vida un bajo perfil. Y lo sigue teniendo en la posteridad. Pero brilla.

(Publicado en Nuevo Siglo, agosto de 2002)

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Categorías:Uncategorized
  1. enero 29, 2011 en 10:59 pm

    qué lindo blog!! Rogelio Yrurtia, uno de mis hijos estudió en la escuela de bellas artes de mataderos que lleva su nombre

    • Cazador Solitario
      enero 30, 2011 en 4:17 am

      Qué bueno que te guste, Angeles. Iriginalmente, era para poner en evidencia casos de fraude literario, plagio, etcétera. Pero no hay mucha gente que se interese por eso. Entonces, empecé a subir notas que alguna vez fueron censuradas o cajoneadas, como estas tres que leíste, que escribió Oscar..

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